Vivir para vivir

En días de conmemoración de las víctimas del Holocausto, recuerdo que lo último que hizo mi abuelo Aarón, antes de escapar del estallido de la Segunda Guerra Mundial en Polonia, fue tomar unas hojas de menta para hacerle un té a su hermano menor que estaba enfermo de tifus. En realidad, más que escapar, mi abuelo Aarón fue obligado por su padre a irse. Le alcanzó un morral y le dijo: “¡Anda! Camina sin mirar atrás y no abandones esto que te doy”. Y mi abuelo en parte obedeció, porque empezó a caminar sin soltar el morral. Pero hubo una parte en la que desobedeció: miró hacia atrás. En ese instante, los nazis cumpliendo órdenes fusilaban a siete de sus nueve hermanos y a sus padres. Eso fue lo último que mi abuelo vio y, obvio es decirlo, jamás olvidó.

Su caminata se convirtió en huida. Corrió hasta que lo alcanzó la noche. Entonces, una tormenta de nieve lo obligó a cavar un túnel para refugiarse. Curiosamente, bajo la nieve estaba más cálido que arriba. Cavó durante días que en la continua oscuridad del túnel no podía contar. Y cuando creyó que había cavado lo suficiente para llegar a algún lado, aunque sin saber adónde, comenzó a cavar hacia arriba. Una vez afuera comprobó que estaba a metros de una frontera. Aarón tenía dos problemas: sentía mucho hambre y , supo,  que necesitaba documentos para salir del país. Lo que él no podía imaginar era que los dos problemas se iban a resolver a la vez, porque, cuando abrió el morral, encontró un pan que sin dudar perder un segundo empezó a devorar hasta que encontró, escondidos entre las migas, unos documentos acompañados de instrucciones que le había preparado su papá para que llegase  a la Argentina.

Siguiendo las instrucciones, se subió a un barco, a otro barco y a un tercer barco más que, con el correr de los meses,  lo fueron llevando hacia su Buenos Aires querido. Por eso digo que mi abuelo no nació con un pan bajo el brazo, pero sí renació con él. Y, a pesar de tan tremendos pesares, su  vida estuvo llena de  vida.

Ya en Argentina, siguió la indicación de su padre de buscar a la prima Sarita, con quien mantenían una relación por carta desde hacía años. Cartas que le permitían a la prima disimular su tartamudez.  Pero al recibir la visita inesperada de mi abuelo, de la tartamudez pasó Sarita, sin escalas, a enmudecer. Auxiliada por señas llamó a su hermano para que oficiara de interlocutor.  Y no va que, de la emoción, el primo sufrió un paro cardíaco y murió en el acto. Efectivamente, como dice el dicho:  a veces la vida exagera.  Es así que los primeros días de mi abuelo en la Argentina transcurrieron acompañando a la prima Sarita en el velatorio de su hermano. Pero, a pesar de ello, su vida estuvo llena de vida.

El tiempo, la vida misma y la Argentina le propusieron a mi abuelo Aarón cavar otro túnel. Esta vez, el de un tramo del subterráneo. Será por eso que muchas veces, cuando tomo el subte sigo sintiendo que mi abuelo me marca el camino, porque a pesar de todo su vida estuvo llena de vida.

Cuando lo acompañé en sus últimos días en el sanatorio veíamos absurdamente por la tele escenas de la guerra de los Balcanes. Y él, que estuvo bien vivo hasta el final, me decía: «Ya ves, nena, nada cambió, nada cambió. Solo que antes usábamos sobretodo gris y valijas de cartón y ahora llevan camperas de colores y mochilas de Mickey». Ahora, en tiempos de cuarentena,  yo me sigo preguntando abuelo: “Será que, a pesar de todo, la vida está llena de vida”

 

 

Mi abuelo Aarón