Latidos acumulados

Aunque todo late, todo parece estar en terapia intensiva, todo se muestra y se oculta a la vez, y todo puede convertirse en cenizas dejando de  latir o  aun así, seguir palpitando. A su vez, todo es susceptible de ser monitoreado como la delgada línea entre la vida y la muerte, porque todo es entregado a un público atento a descifrar qué se amontona y qué puede caerse en Late el corazón de un perro,  de Franco Verdoia. Es que  todo está pronto a derrumbarse por la fuerza que opera con el paso y el peso de los años  y  todo  se irá desandando, sigilosamente o con desenfreno,  pero siempre fiel al compás que imponen los latidos acumulados por sus protagonistas y  por otros pulsos, vivos o muertos, que  ellos mismos  arrastran.

Ana (Mónica Antonópulos)  es azafata y luego de un vuelo planeado casi sin retorno del  pueblo de la infancia,  se ve obligada a volver, a hacer un aterrizaje forzoso en casa de su madre Mabel (Silvina Sabater), a la que no ve hace años. El motivo de la urgencia es que la vivienda de Mabel  está  a punto de derrumbarse y lo único firme, parece ser, una orden de desalojo de la que no acusa recibo. Para instarla a tomar conciencia, y de algún modo también a inculparla,  llega entonces Ana. Ella es anoticiada de la inminente  situación por  Hernán (Diego Gentile) , un amigo de la infancia que siempre quiso ser más que amigo, que se brinda sin límites  a hacer de nexo entre esas dos mujeres, que es también empleado del municipio y cuando no, bombero voluntario.

La cosa es que  Mabel es algo así como La Diógenes del pueblo aunque, a diferencia  de éste,  la vida no la arrimó a la calle desafiándose con lo mínimo para subsistir  sino que la encerró en el otro extremo, en su casa, camuflada entre objetos  y recuerdos que los demás ven y huelen como basura.  Deshechos  que para ella son su existencia, paredes y cosas con las que fue erigiendo su sólida trinchera desde donde batallar sus verdades, sus deseos, sus fracasos, sus dolores, sus renuncias, sus traspiés, sus  innegables ausencias,…Y conforme Late el corazón de la obra, podemos suponer que lo de Mabel no es muy distinto a lo que Ana habría intentado hacer desde el aire o Hernán desde  tierra mirando al cielo, pero sin salirse del perímetro del pueblo.

Así todos se habrían ido convirtiendo en imperturbables defensores de sus “lugares en el mundo”, espacios desde donde cada uno habla, se muestra, se vincula, se transforma, se erige en su mejor defensa para que las heridas duelan menos,…Pero curiosamente Late el corazón… irá develando que para construir esos sitios,  hay cosas del universo de lo tangible e intangible,  que tuvieron que ir acumulándose, callándose, ocultándose,…. Cosas guardadas hace años que, a la larga,  los hacen un poco Diógenes a cada uno, aunque la indiscutible heredera de la linterna del filósofo griego, de la conducta canina fiel y guardiana  y del desenfrenado y esperanzado amor a esos animales,  sea  Mabel.

En Late el corazón….acompañando cada letra del texto están: las diversas actuaciones sutilmente dirigidas; el vestuario atento a resaltar, sin equívocos, quién es quién;  diseños de sonido e iluminación que emergen con precisión y justeza; y una  escenografía, ciertamente austera y eficaz por tratarse del  Síndrome de Diógenes, que se presenta como una más del elenco. Una suerte de Torre de Babel  por donde pivotea la historia de estas tres humanidades, sus lenguas, sus cuerpos… Un conglomerado que reúne y, al mismo tiempo, dispersa ese encuentro forzado, una edificación con una  “realidad” de frente que carga sobre sus espaldas lo que podría leerse como un final, o bien, como el nuevo comienzo de una travesía guiada por un capitán que llega en el momento menos esperado al esperado rescate.

Late el corazón ….muestra y demuestra , sin dudas,  un cúmulo de cosas más. Y,  entre ellas, que hay incendios que, ni los bomberos voluntarios más interesados en que el fuego no borre el pasado, pueden detener la acción de las llamas. Pero cuando las hogueras  pasan, cuando el aire parece renovarse,… la bocanada de oxígeno que se toma con la garganta semi-abierta que sigue mirando al cielo, parece que sigue también esperando otro aterrizaje forzoso ya que hay cosas que, aunque se desechen o quemen, nunca dejan de acumularse y dar batalla.

 

 

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